Primer Día: Dios Saluda a María

“El ángel del Señor anunció a María, y ella concibió del Espíritu Santo”.

A través de los siglos, las campanas de todas nuestras iglesias y capillas han proclamado en voz alta este misterio. Tres veces al día nos quieren recordar el principio de nuestra Redención.

Meditemos por un momento la anunciación. ¡Cuánta luz ha de haber rodeado a la Santísima Virgen! ¡Qué gran misterio confió el Señor a su cuidado! La venida del Mesías se acercaba y aquella humilde doncella llegaría a ser su Madre. ¡Qué profunda emoción debe haber embargado a María cuando oyó lo increíble: que el Eterno Hijo de Dios quería hacerse uno de nosotros!

Preguntémonos, sin embargo, si acaso este evento trajo alegría y felicidad tan solo a la Virgen María. Claro que no, pues bien sabemos que la hora aguardada por tan largo tiempo traía consigo una profecía de muchísimo sufrimiento. Seguramente que en el momento de la Anunciación la Virgen Santísima no conocía en detalle todos los acontecimientos que se disponía a aceptar. Por otro lado, ella estaba familiarizada con las Escrituras, especialmente los pasajes referentes al Mesías quien, aún a costa de extremadamente dolorosos sufrimientos, quería redimir a un mundo tan profundamente sumergido en la culpa y el pecado. Entonces, ¿no tendría también su Santísima Madre que prepararse para un mar de sufrimientos?

“El ángel del Señor anunció a María” María saludada por Dios. Dios nunca te ha enviado un ángel que te salude y te traiga un mensaje. Entonces, ¿quién te trae mensajes? Tal vez sea el cartero quien te trae noticias que pueden destruir todos tus sueños y tu felicidad.  Nuevas de que algunos de tus semejantes te calumnian y manchan tu honor; nuevas de que has perdido tu casa y todas tus posesiones o de que tus acreedores te amenazan con una demanda. Tal vez te han llegado noticias del fallecimiento o la gravedad de un ser querido, o esperas con ansias el oír como sigue el enfermo. O a lo mejor los problemas que te hacen la vida pesada no son sólo exteriores sino también interiores. ¡Ah! No digas que Dios nunca te manda un mensajero o un mensaje. ¡Calla! Arrodíllate silenciosamente frente al Señor tu Dios como la Virgen María se arrodilló ante el ángel y reflexiona. Para aquellos que aman a Dios, nada es imposible. ¿Acaso tu cruz, cualquiera que esta sea, no es un saludo de Dios, un mensaje del Padre Celestial para ti, su hijo? ¿No es esto como si un Angel mensajero se parara en frente de ti? Tal como sucedió a la Virgen María, El espera también tu consentimiento. Tu sufrimiento tiene un profundo significado. Desde que Cristo murió en el Gólgota, El permite que aquellos a quienes El ama participen en su muerte, para que así mismo se hagan partícipes de su gloria. Junto con Cristo debemos sufrir por nuestra propia redención y la de los demás. Baja la cabeza, pues, bajo la mano de Dios y cree ciegamente que es Dios quien te saluda en tu dolor, que es un mensaje del cielo. Cree firmemente que ahora, más que nunca, no estás abandonado de Dios y confía implícitamente en que El te escuchará a través de la intercesión de la Virgen María, Madre Tres Veces Admirable Reina y Vencedora de Schoenstatt.

PLEGARIA

Madre Santísima Tres Veces Admirable Reina y Vencedora de Schoenstatt: Puesto que tú has caminado en la oscuridad de la fe ciega, sometida en todo tiempo a la voluntad del Todopoderoso, ayúdame en mi cruz y mi calvario a encontrar el amor de mi Padre Celestial. Intercede por mí para que Dios me escuche y, si mi súplica tiene cabida en su Divino Plan, concédeme lo que pido (menciónalo en silencio).

EJERCICIO

Pon cuidadosa atención a todo lo que pasa a tu alrededor, y tómalo como un Saludo de Dios.

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Segundo Día: Respuesta de María al Mensaje del Angel

“He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lucas 1, 37-38)

¿Acaso fue difícil para María dar esa respuesta? ¿O acaso respondió precipitadamente, sin reflexionar como nosotros lo sabemos hacer cuando rezamos el “Angelus”? María indudablemente estaba atemorizada ante lo que vio y oyó, atemorizada por el Angel, atemorizada seguramente ante la tarea sin precedente que Dios le asignaba, puesto que ella tan sólo deseaba ser la sierva, no la Madre del Redentor. ¡Todo aquello era tan completamente imprevisto para María! Ella deseaba permanecer virgen y ahora esto sería diferente. Pero no había mucho tiempo para reflexionar. La decisión tenía que ser rápida. El Angel permaneció esperando la respuesta, esa respuesta que determinaría los futuros planes divinos. Era la respuesta de la que dependía la Redención de todo el mundo. María nunca se revistió de falsa humildad pretendiendo no poder hacerlo. Nunca luchó con el Angel como lo hizo Moisés cuando el Señor le ordenó ir ante el Faraón y realizar actos milagrosos para que éste permitiera a los hijos de Israel partir. Moisés, titubeante, respondió “Yo soy torpe para expresarme, permite que Aarón hable por mí”.

La humilde doncella de Nazareth actuó de otra manera. “Cuando el Angel le reveló que ella podía llegar a ser la Madre de Dios sin perder su virginal virtud, María no titubeó por un momento. Con una simplicidad infantil y depositando toda su confianza, pronunció estas palabras: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lucas 1, 37-38).

Ahora dime ¿cuál es tu respuesta al dolor que te agobia? ¿Cómo vas a contestar al mensaje de tu Padre Celestial? Seguramente estarás pensando: ¿Cómo voy a poder contestar a las injusticias, a perder mi honor, mi hogar y mis posesiones? ¿Acaso hay quien pueda aceptar fácilmente la pérdida de sus seres queridos, o el tormento de alguna enfermedad que amenaza nuestra propia existencia? ¡Piénsalo detenidamente! Tu dolor profundo que sea, el paternal amor de Dios lo permite, y por lo tanto su mirada está continuamente puesta en ti. El tan solo te desea el bien, quiere que te acerques a El. ¡Esto lo debes creer con todo tu corazón! Aún cuando El permite que vivas con una debilidad moral seria y humillante, lo que puede hacer para tu beneficio. Recuerda que, como dijo San Pablo: “Para quienes aman a Dios, todas las cosas trabajan para su bien”. Todo lo que necesitas es admitir con humildad tu miseria, y elevar incesantemente tu corazón con tus plegarias a El. Ofrécele, toda tu voluntad y haz el propósito de aceptar, cuando menos el día de hoy, esa cruz que descansa tan pesadamente sobre tus hombros.

“Dios es Padre. Dios es Amor. Bueno es todo lo que El hace.”

Cuando todo te parezca falto de vida o de razón, repite con humildad, junto con María “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra” ¡Sí, Padre Celestial, hágase siempre tu voluntad, ya sea que me traiga dolor, pena o alegría.

PLEGARIA

Madre Santísima, Tres Veces Admirable y Reina de Schoenstatt, humilde doncella de Nazareth, obtén para mí la gracia de pronunciar un sincero, humilde y resignado SI en mi gran sufrimiento, enséñame a bajar la cabeza bajo la mano de Dios consciente de las palabras: Confía en el Señor como tu Madre Celestial te enseñara, entre más confíes en el Señor, El más bondad y piedad de ti tendrá. Amén.

EJERCICIO

Hoy pronuncia un deseoso SI a todo evento imprevisto que te sorprenda.

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Tercer Día: El Espíritu Santo Alaba a María por medio de Isabel

“Bendita seas tú, porque has creído” (Lucas 1:45-46)

En el primer día de esta Novena aceptaste tu sufrimiento como un mensaje del Padre. En el segundo día trataste de someterte a Dios tu Padre Celestial como un niño. Con María, la Bendita Madre de Dios, le has dado tu “sí”, con la ciega confianza de que la voluntad de tu Padre ha planeado nada menos que lo mejor para ti, aún cuando El mande penas amargas. Hoy presenciamos el encuentro bendito entre María e Isabel. Nos maravillamos ante las palabras del Espíritu Santo que pronunció Isabel: “y cómo es que he merecido que la Madre de Dios venga a mí?” “Y bendita tú, que has creído”.

¿Qué fue lo que creyó María? Creyó en el poder Supremo de Dios, y nunca dudó que para lograr sus planes, El puede inclusive romper las leyes de la naturaleza. Realmente El había hecho cosas grandes e incomprensibles en María, ella podía cargar al Hijo de Dios bajo su Corazón, y llegar a ser madre sin perder su virginidad. ¡Sí, bendita eres tú porque has creído! Recuerda que esas palabras del Espíritu Santo, en los labios de Isabel fueron también pronunciadas para ti. Sí, como María, tú también puedes creer, el buen Dios es todopoderoso y está listo, a petición de María, a ayudarte también si es para tu salvación, aún si requiere un milagro. ¿Acaso no es este un destello brillante de esperanza?

El que María es tu Madre es un hecho maravilloso. Su más hermoso privilegio de Madre consiste en obtener favores de Dios para ti. “La Virgen María ha hecho el milagro” ha sido escrito miles de veces en los Santuarios y Basílicas de Nuestra Santísima Madre, la “Salud de los Enfermos”, el “Consuelo de los Afligidos”, la “Abogada de los Cristianos”. ¿Acaso no todos los Santuarios de la Gran Madre de Dios son testimonio de su gran amor maternal? Acaso no son prueba viviente de su poder? María puede, desea hacerlo y obtendrá milagros para ti. El número de milagros obtenidos por su intercesión es incalculable.

El mismo Cristo nos exhorta a creer fuertemente en la ayuda milagrosa de Dios, cuando nos dice: “Tened fe en Dios. Ciertamente yo os digo que cualquiera que diga a esta montaña LEVANTATE Y ARROJATE AL MAR sin dudar y creyendo firmemente en lo que diga, lo conseguirá. Por lo tanto yo os digo que todo lo que pidiéreis rezando, creed y lo recibiréis” (Marcos 11:22-25).

Bendito eres tú si tienes fe en que Dios, por intercesión de María, te concederá lo que pidas siempre que sea para tu bien, o te dará fuerzas para cargar tu cruz si acaso El, en tu misericordia infinita, decide que no es para tu bien y no te lo concede.

PLEGARIA

En tu poder y tu bondad confía, con sencillez filial el alma mía;

en ti, en tu hijo y en cada situación, confía ciego, oh Madre el corazón.

EJERCICIO

Practica la confianza de un niño todo el día.

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Cuarto Día: Respuesta Jubilosa de María en el Magnificat

“Mi alma engrandece al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (Lucas 1: 46-47)

¿Qué tiene que ver el himno de alabanza de María con tu Novena y el grito suplicante de tu corazón en busca de una respuesta a tu gran súplica? Ciertamente tú te entregarás con un fervoroso Magnificat tan pronto obtengas lo que has decidido, pero ¿y ahora? No, es mucho pedir. ¿Así es como piensas? Con el corazón henchido de alegría, María proclamó las grandes obras de Dios. Ella no pensaba en que era la favorita de Dios. Su alegría se desbordaba al mundo entero, cuya redención había llegado “por generaciones y generaciones es su misericordia…El ha exaltado a los humildes…ha saciado a los hambrientos con buenas cosas” (Lucas 1:50). Ella estaba jubilosa por el bien que vendría a otros. En la vida práctica también. María revelaba en su totalidad una actitud de ansiedad para ayudar a los necesitados. Tan pronto como el milagro de milagros sucedió y el hijo de Dios había asumido forma carnal en su vientre, ella no permaneció recluida para adorar al Dios de su corazón, al niño de su vientre, sino que rápidamente se fue a casa de Isabel, donde puso manos a la obra. En qué forma tan humana se reveló la Santísima Virgen. Fue ahí, al servicio de otra persona, que cantó su glorioso Magnificat.

Tú te acercas ahora con una gran súplica. Tal vez estés decepcionado de Dios y de los hombres, o te encuentres atormentado por un profundo conflicto interno. O tal vez haya muchos obstáculos enfrente de ti. ¿Cómo vas a tener tiempo de preocuparte por alguien más? Tienes bastantes problemas propios, demasiadas preocupaciones. Nadie se va a ocupar de resolver tus problemas. ¿No es esta tu manera de pensar? Tal vez en ocasiones te has indignado, entristecido, encelado o has envidiado la buena fortuna de otros y ahora te encuentres enojado con tu Dios. Tal vez la Santísima Virgen te pueda dar alguna enseñanza en su Magnificat. ¿Acaso no te habla de servir y ayudar desinteresadamente? ¿Por qué no tratar, a pesar de tus propias penas y preocupaciones, de llevar un poquito de felicidad a otros y de ser verdaderamente amable y caritativo con la mirada, con palabras y con hechos? Ruega por otros. Haciendo esto pronto descubrirás que tu propia pena pierde mucha de su amargura; aprende a olvidarte de ti mismo y encontrarás profunda felicidad en medio de tus sufrimientos, tal como lo ha escrito San Pablo “Yo reboso de alegría en mis tribulaciones (2Cor. 7:4)”.

PLEGARIA

Madre Santísima, Tres Veces Admirable Reina y Vencedora de Schoenstatt: Tú has cantado tu Magnificat porque el Señor te eligió como Madre, y porque por medio de tu maternidad te convertiste en Sierva de todos. Obtén para mí la gracia de cargar mi sufrimiento con alegría y de servir siempre a otros con la esperanza de que Dios me conceda mi petición a través de tu poderosa intercesión. Oh Madre, Tres Veces Admirable y Amantísima Reina. Amén.

EJERCICIO

Trata de ser alegre y amigable en tu trabajo hoy. Usa todas las oportunidades para servir a otros.

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Quinto Día: El Lamento de María

“Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto?” (San Lucas 2:48)

Tú llevas a cuestas una carga muy pesada. Apenas ayer, a pesar de todas tus preocupaciones, hiciste un gran esfuerzo para ser alegre y agradable. Tal vez trabajaste para otro hasta estar rendido. Ahora vuelves a ser el mismo con tus problemas. Hay algo muy dentro de ti que quisiera levantarse y demandar una respuesta a la eterna pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué he de ser yo?…

Eso es simplemente humano, pero no debes amargarte en tu duda. Además, debe servirte de consuelo el saber que la misma Virgen María tuvo la misma duda: ¿Por qué nos has hecho esto? (Lucas 2:48). Dime, ¿hay alguna cosa que pueda hacernos sentir más cerca de María que esta humana manifestación de  preocupación maternal, o en todo caso, todos los otros incomprensibles eventos de su vida, aún al pie de la Cruz? Calladamente ella estuvo parada ahí, sin quejarse. Ahora tú preguntas ¿por qué todo el terrible sufrimiento, las decepciones, el dolor? ¿hay algún propósito en todo esto? Hay un verso que dice: Cuando el dolor y el sufrimiento tus compañeros son el Padre Celestial te está diciendo “Ven, acércate a mi corazón”.

Es que el amor de Dios hacia ti es aún mayor ahora que ha permitido que sufras. Por medio de ese dolor ha querido purificarte, apartarte de las cosas mundanas y acercarte a Él. Sé que has de decir “Dios me está castigando” y has de creer que cuando sufres pacientemente porque entonces es como si cargaras su propia cruz. Sin embargo, deberías aceptar tu sufrimiento con verdadero espíritu de penitencia, pues cada uno de nosotros tiene muchas razones para pagar por tus propios pecados y los de los demás.

Por medio del sufrimiento y del dolor puedes borrar, aquí en la tierra, parte del castigo temporal que te espera por tus pecados. Esto también es prueba del amor de Dios. Por lo tanto, el sufrimiento y el dolor se convierten en peldaños de la escalera de tu salvación y santificación. Pero hay aún un significado más profundo en tu dolor: el dolor cuando se sufre resignadamente amolda tu alma a la imagen y semejanza de tu Salvador Crucificado. Amando a Jesús, como seguramente tú lo haces, ¿no quisieras asemejarte un poquito más a El? Lo que es más, a través del dolor y las penalidades de esta vida, tienes una maravillosa oportunidad de adquirir preciados méritos para la eternidad. Algún día, a la hora de morir, te regocijarás por las ocasiones en que, como el oro, fuiste purificado con el fuego del sufrimiento, y por los momentos en que, como Cristo, caíste al suelo bajo el peso de la cruz. Los momentos de placer y de prosperidad no te darán ningún consuelo en este momento. Pero bendito eres tres veces más, si has soportado las pruebas que la vida te ha puesto en unión con Dios.

Tu sufrimiento también te ofrece la oportunidad de ser un apóstol y ayudar en la salvación de muchas almas. Podríamos decir que la Madre Tres Veces Admirable y Reina Vencedora de Schoenstatt te sale al encuentro y te dice “dame todos tus sacrificios, dolores y penas para poder ofrecérselos a Dios. Ellos serían fructíferos en la salvación de almas y en la reconstrucción del mundo de acuerdo con los planes de Cristo”.

¿Acaso puedes negarle esto a la Madre de Gracia de Schoenstatt? ¿No te gustaría llegar a ser una víctima de amor, a través de tus esfuerzos y sacrificios, con objeto de ganar muchas gracias para las conversiones?

Mira dentro de ti y fíjate si Dios y Nuestra Madre Tres Veces Admirable, Reina y Vencedora de Schoenstatt no están tratando de despertar en ti un espíritu de sacrificio y acción heroica. Tal vez el significado del dolor te sea un poco más claro ahora. Sin embargo, puedes acudir a María con absoluta confianza. Puede ser que Dios haya permitido tu dolor para que conozcas el poder y la bondad de María. ¡Confía en ella como un niño! Entre más confíes, más lograrás. Como dice este rezo:

Ofrécele tu dolor y tus penas a María.

Ella dará consuelo a quien en su amor confía.

PLEGARIA

Madre querida, Tres Veces Admirable, Reina y Vencedora de Schoenstatt: en tu sufrimiento has buscado a tu hijo y lo has encontrado. Todo tu dolor lo has resumido en esta frase: “Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto?”; a ti traigo todas mis preocupaciones y te ruego con todo el fervor de mi corazón que obtengas para mí las gracias que te pido. Que la divina voluntad de Dios se haga sobre todas las cosas. Amén.

EJERCICIO

Repite esta idea hoy: “Mi sufrimiento tiene un profundo significado y Dios hará lo que sea mejor”.

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Sexto Día: Respuesta de Dios a María

Al lamento de María en el templo: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?” su hijo respondió: “¿No sabes que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” (Lucas 2:49).

María no estaba preparada para tal respuesta. ¡Ah, cómo la ha de haber afligido! No sabía ni qué pensar. Todo el pesar de los últimos tres días volvió a reflejarse en su corazón: las noches de insomnio, la angustia y la incertidumbre de su hijo extraviado. Y luego El, con la cabeza en alto, lleno de esplendor y divina hermosura, parado enfrente de ella, dio su respuesta que lastimó muy profundamente el fondo de su maternal corazón. María había encontrado a su hijo, pero al mismo tiempo se dio cuenta de que lo había perdido. Desde el momento en que Su Padre Celestial tenía primera potestad en el corazón del hijo, su corazón maternal tenía que tomar un lugar secundario. Ella, al unísono con Jesús diría “sí” a la voluntad del Padre. María no pudo comprender de inmediato lo que Jesús dijo, pero guardó cuidadosamente aquellas palabras en su corazón. ¿Acaso tú te encuentras en una situación semejante? Tal vez tú también has perdido a un hijo y la incertidumbre acerca de uno de tus seres queridos ha traído pesar a tu corazón. O tal vez has perdido hogar y posesiones o has visto al sol de tu felicidad  ponerse tras de la tumba. ¿Has perdido tu salud? O a lo mejor la paz en tu corazón, ¡quién sabe, a lo mejor Dios mismo!. Pero si lo que has perdido son bienes terrenales, entonces entrégate completamente a la voluntad de tu Padre Celestial. Tal vez no hayas entendido la lección que Dios te quiere enseñar por medio de este sufrimiento. Sin embargo, estás consciente de la presencia de tu Padre Celestial por encima de ti y de todo a tu alrededor, cuidándote. Así pues, no te enojes con Dios. Haz lo que María: medita, reza y aguarda, confiado en la Divina Providencia. Los planes divinos son de amor y sabiduría. María también te comprende, especialmente ahora que te hallas rodeado de dificultades. Manténte cerca de Dios y agárrate fuertemente de la mano de tu Madre Celestial. En cualquier incertidumbre, ruégale a María:

Yo no sé el camino, Tú lo conoces bien.

Eso me da paz y tranquilidad

más allá de lo que yo puedo expresar;

nada en el mundo ha sido tan claro:

el que confía en María no confía en vano.

PLEGARIA

Madre querida, Tres Veces Admirable Reina y Vencedora de Schoenstatt: Obtén para mí la virtud de una profunda confianza en Dios y la gracia de aceptar la voluntad de Dios siempre como la mejor y la más alta. Yo pongo toda mi confianza en ti y te ruego fervientemente que nunca me abandones y que obtengas de  Dios lo que yo humildemente pido. Amén (Menciónalo aquí en silencio).

EJERCICIO

Hoy no te quejes de los sacrificios. Al contrario, recuerda que tú también debes ocuparte de las cosas de tu Padre, haciendo su sabia y divina voluntad.

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Séptimo Día: La Oración de María

“Ya no tienen vino” (Juan 2:3)

En una forma natural, sencilla y con confianza ilimitada, la Madre del Señor dijo ”Ya no tienen vino”. Estas palabras las pronunció durante el casamiento de Caná. Por 30 años el Hijo de Dios había vivido en el anonimato en Nazareth, siguiendo el oficio de San José. Ahora El empezó a enseñar, a “hablar con alguien que tiene poder”. Hasta aquí El no había hecho ningún milagro.

Un día el Salvador y su Madre María fueron invitados a un casamiento y ellos aceptaron. Cuando, durante la celebración, se agotó el vino, María se dio cuenta y se levantó. ¿Acaso se iba a despedir para evitar que los anfitriones se sintieran apenados? No, esa no era la razón. Sencillamente se dirigió a su Hijo y le dijo al oído: “Ya no tienen vino” (Juan 2:3).

Estas palabras implicaban algo más que la simple comunicación de una noticia. María esperaba un milagro del Señor,  un milagro de agua y vino. Algo sin precedente a nuestra manera de ver. ¿No hubiera sido mejor decir “vámonos a casa”? sin embargo, ella no pensó así; al contrario, pidió ayuda para los recién casados. Esta sería la hora, de acuerdo con sus deseos, en que su hijo haría su primer milagro, no en el Templo o la Sinagoga, como hubiera sido de esperarse, sino en la ocasión de la celebración de un casamiento. ¡Ah, qué típicamente humana era María! Sus palabras “Ya no tienen vino” deben darte tremenda confianza. Tú no estás pidiendo vino. No, tú necesitas algo más; te encuentras en una situación no sólo desagradable sino dolorosamente embarazosa. Un peso insoportable agobia tu alma. Tal vez toda tu existencia, el bienestar de tus seres queridos, o la salvación de tu alma están de por medio. No dudes ni por un momento que María, tal como lo hizo en Caná, se encuentre en este preciso momento al lado de Nuestro Señor, murmurándole al oído para ti: “Están en dificultades y necesitan tu ayuda. Tienen un problema que sólo Tú puedes resolver”. Si Cristo, a petición de María convirtió agua en vino para ayudar a los novios en su apuro, ¿crees que El no va a escucharla cuando María interceda por ti, siendo que tu problema es mucho más grande?

PLEGARIA

Madre Amantísima, Tres Veces Admirable Reina y Vencedora de Schoenstatt: ruega e intercede por mí con el mismo fervor con que pediste por la pareja nupcial de Caná: “Señor, ya no tienen vino”. Lleva mi gran petición ante el Señor y será escuchada; El me librará de mi dolor o me dará fuerzas para soportarlo. Amén.

EJERCICIO

Repite hoy con nuestra Madre Santísima: “Señor, ya no tienen vino”. Incluye aquí todas tus peticiones. Practica confianza y persevera en tus oraciones.

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